Tortuguero es un pueblo de Costa Rica, que no será el hogar de más de mil personas. Está en mitad de la jungla, de tal modo que es imposible llegar hasta él si no es por medio de una barca que atraviese un río, o bien a través del mar. El pueblo toma su nombre de la tortuga verde, que de junio a octubre acude a sus playas a desovar. Antes se las comían, ¿sabes? Los ticos acudían silenciosos en la noche y ya tenían cena para una semana entera. Sin embargo, pasados los años se dieron cuenta de que, económicamente hablando, podrían sacar más partido a su preservación, de ahí que actualmente sea uno de los mayores atractivos turísticos de Costa Rica.
Yo visité Tortuguero los dos días después de mi llegada. No voy a hablarte de los niños corriendo por las calles, descalzos y felices, o de las arañas de medio metro colgando de la puerta de mi habitación. Todo eso podrás leerlo en cualquier guía turística. Yo quiero hablarte de otra cosa.
Para ver el desove, nos dividieron en grupos de cinco personas, y nos llevaron a la playa a las diez de la noche. Utilizar linternas está prohibido, del mismo modo que sacar fotos, porque con la luz, las tortugas se asustan e interrumpimos su proceso. De este modo, por mucho que tus ojos se acostumbren a la oscuridad, nunca vas a ver todo con nitidez.
Nuestro grupo coincidió con otro en un lugar de la playa, bastante empinado. Los animales tienen que llegar lo más hacia el final posible, pues allí es donde se encuentra la vegetación y hay más posibilidades de esconder los huevos. Es por ello por lo que todos nos agazapamos tras dos tortugas, como podíamos, entre la oscuridad, la arena y una cuesta arriba infranqueable.
Observé a la tortuga como buenamente pude. En un periodo de medio minuto, pudo poner veinte huevos. Caían a la fosa rebotando, como pelotas de ping-pong, recubiertos de una viscosidad afable. Si nos callábamos mucho, podíamos escuchar a la madre resoplar. Exhausta, tan agonizante que parecía que exhalaba sus últimos alientos. Nunca algo me hizo sentir tan profundamente el sentimiento materno, hasta tal punto que lo sentí mío, como mujer y futuro nido.
Me abofeteó tan fuerte que tuve que apartar la mirada, y me percaté de que, a mí alrededor, todas las mujeres (y digo, sobre todo, mujeres, porque nosotras somos las madres) estábamos catárticas a causa de un sentimiento similar.
Todas, menos una.
En el viaje, conocí a una pareja mexicana que estaba celebrando sus bodas de oro. El hombre no fue a la excursión, porque no se encontraba con fuerzas para caminar entre la noche. La mujer, sí. Cuando la miré, la dirección de su vista apuntaba hacia la Luna, que se encontraba de forma opuesta al proceso de desove. De vez en cuando, giraba la cabeza para contemplar a sus compañeros. Estaba en el otro grupo, por lo que me separaban de ella, aproximadamente, unos quince metros. En aquel momento, yo me debatía entre dos teorías: a) aquella mujer contemplaba la inmensidad del mar, del universo, del ciclo de la vida, y se preguntaba por nuestro lugar en el mundo; o b) aquella mujer contemplaba una escena ajena a la tortuga porque le era imposible llegar hasta ella.
Desconocía si necesitaba ayuda o no. Entre la noche apenas distinguía a mi padre, por lo que no sabía si era la edad lo que impedía a la mujer trepar por la pendiente, o bien una decisión propia y meditada. ¿Por qué no la había ayudado nadie de su grupo? ¿No se habían dado cuenta, o es que no era necesario? Justo en aquel momento, una joven se acercó, tomo a la mujer del brazo y juntas subieron por la playa.
Y yo me sentí mal, fatal. Y entre la emoción de la belleza materna y la fealdad de mis actos, rompí a llorar. Lo único que quería era que mi padre no se diese cuenta.
Al día siguiente, un autobús nos recogía para llevarnos desde Tortuguero hasta Arenal. Sin embargo, paramos por el camino en un restaurante que nos ofrecía un desayuno, aunque yo ya me había tomado un café en el trayecto, de modo que, al parar, necesitaba ir al baño urgentemente. En la cola coincidí con la mexicana. Si bien anteriormente he dicho que conocí a la pareja en el viaje, no era más que de vista, y de poner la oreja en las conversaciones de mi alrededor, pero no hablé con ella hasta ese mismo momento. Me preguntó mi nombre, de donde era y a qué me dedicaba.
Marta.
De Madrid.
Estudio música.
E hice preguntas similares. Hablamos de banalidades durante un periodo corto de tiempo. Y de pronto, callamos. Me miraba, sonriente. Me dijo que era muy bella. Entró al baño.
No me dijo que yo era muy guapa, me dijo que era muy bella. Que no es lo mismo. Porque bello proviene de belleza, y en época griega, se pensaba que si eras bello, eras bueno. Aunque la cultura de la mujer no es la occidental, yo interpreté su mensaje como un perdón. Sentí que ella me había estado observando la noche anterior, y me dijo "no me has ayudado. No ha pasado nada. No te define. Sigues siendo bella. Y buena."
Por supuesto, no ocurrió nada de esto. Probablemente ella no sepa que yo me percaté de su problema y no hice nada por evitarlo. Probablemente coincidimos de casualidad en la cola del baño, y me dijo aquello por sacar tema de conversación, o porque mis rasgos no mexicanos generaron en ella un sentimiento de atracción por lo desconocido.
Pero yo lo sentí como un perdón divino.




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